30 de octubre de 2012. La capital y referente de la comunicación en general y la Publicidad en particular, Nueva York, se paraliza por el agua que ha escupido un ciclón tropical que se llama como el helado del McDonalds y la cerveza con limón de Cruzcampo: Sandy.
Mientras tanto, y al otro lado del charco (nunca mejor dicho), los mayores referentes de la industria publicitaria en España están citados para la entrega de premios a la eficacia en la comunicación comercial, los Premios Eficacia 2012, así que Madrid comienza a ser por un ratito esa capital y ese referente publicitario.
Se abren las puertas del Palacio de Congresos. Acreditaciones, prensa, cola para el ropero, cola para el baño, cola para hacer cola; y gente, mucha gente que deambula por el espacio.
Publicitarios y publicitarias cada uno de su padre y de su madre: gafapastas, altos ejecutivos, bajos ejecutivos, alternativos, perroflautas, becarios, estudiantes, y los típicos acompañantes o parejas que no saben muy bien qué hacen ahí, pero van por amor o interés.
Pasamos al auditorio. Telón abierto y muchas butacas por llenar, no estamos todos. Sobre el escenario, una DJ pone música americana de los 60 y 80, haciendo así compañía a los bronces, platas y oros en escena, que son los verdaderos protagonistas.
En el patio de butacas, la misma gente de antes, pero esta vez está sentándose. Un cordón azul separa la zona VIP en las primeras filas de la zona LIP (less important people).
Llegan los que tardan y se llena el teatro. Unas dos mil personas completan el aforo y comienza la gala. Presentadores, jurados, premios, patrocinadores y premiados; todos bien mezclados hacen de la gala un batido, que debo reconocer que yo, desde mi butaca, me bebo y no dejo ni una gota.
El batido sabe a futuro, a ideas y, por qué no decirlo, a crisis. Una crisis que agudiza el ingenio, que te hace valiente, y que lo hace todo más bonito por ser más difícil.
Se aplauden y premian campañas, personas, trayectorias, promesas, conciencias y marcas, y así se van los premios del escenario para que comience a brillar la sala.
Termina la gala y nos ofrecen un cocktail, comida y bebida rodeado de gente que brilla. Hablar con esa gente, y entender por qué una de sus manos está ocupada sosteniendo un premio. Hablar y que te hablen, que hablen de su rutina tan especial, de no tener horario, de cenar pizza en la oficina por acabar en hora, de beber café, y de beber cosas que no son café.
Se va despejando el salón y comienzan a salir las bandejas con los dulces mientras el público toma carrerilla para llegar a la barra libre.
Es tarde y llega la hora de volver. Con la fábrica de ideas funcionando, la glándula que segrega las ganas al ciento diez por cien de su capacidad, y con los brazos ocupados sosteniendo revistas y lecturas que vuelven a hablar de eso que hasta aquella tarde no tenías como tuyo, pero que ahora ya forma parte de ti. Eso a lo que quieres pertenecer. Eso que la gente llama Publicidad. Eso.
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