Fue en una especie de bar. Era todo de madera. No había humo, aunque creo que no me hubiera molestado que lo hubiese. Y, de haber habido humo, yo lo habría visto bailando al ritmo del concierto; el humo bailaría iluminado por aquellas lámparas bajas que suponían el total de la decoración de aquel sitio que olía a sillones viejos mojados. Sillones viejos mojados que olían bien. Olían a lo que huele una playa cuando está vacía y se pone a llover.
Yo estaba buscando una llave bajo mis rodillas. Y entonces miré a aquella chica. Y ella me miró mientras buscaba también una llave bajo sus rodillas. No hizo falta hablar. Solo con habernos visto entendimos que habíamos pensado lo mismo. Ni si quiera nos sonreímos. Y lo que es seguro es que no lloramos. Porque los dos sabíamos que ninguno de los dos éramos una trompeta.
Y todo esto venía porque había sucedido algo extraño: cinco minutos antes, unos acordes de piano habían hecho la cama sobre la que comenzaría a despertarse la melodía de aquella trompeta. Era extraño. Parecía que la trompeta supiese por sí misma que esa era la última canción que cantaría aquella noche. Quizá por eso a veces sonaba quebrada, y tenía silencios más elocuentes que la notas que sonaban. Parecía que la trompeta llevase varias canciones queriendo volver a su funda.
El trompetista llevaba tocando sin descanso toda la noche. Y el aire del trompetista se introducía por aquel túnel metálico. Aquel aire que se transformaba en algo que sonaba y aquel aire que, entre canción y canción, se condensaba. Ese aire formaba un grupo de gotas almacenadas casi al final de aquel tubo retorcido, en la esquina.
Entonces ocurrió: un do mayor hizo que la trompeta guardase silencio para toda la noche. El piano siguió sonando un rato más para hacerle la cama de nuevo a la melodía de metal. Cuando nadie miraba al trompetista, él condujo el dedo corazón de su mano derecha a una esquina de la trompeta. Y allí había una llave. Abrió la llave y, del interior del tubo, surgieron todas aquellas gotas de aire condensado que fue música en algún momento. Era extraño porque era bonito. Era algo que no debería haber visto, pero lo vi. Y no pude evitar pensar en que esa trompeta lloraba. Y que lloraba por las veces que la habían tocado.
Entonces algo en mi cuerpo decidió que yo tenía que tener alguna llave bajo mis rodillas. Y entonces miré a aquella chica. Y ella me miró mientras buscaba también una llave bajo sus rodillas. No hizo falta hablar. Solo con habernos visto entendimos que habíamos pensado lo mismo. Ni si quiera nos sonreímos. Y lo que es seguro es que no lloramos. Porque los dos sabíamos que ninguno de los dos éramos una trompeta.