Fui un médico negligente. Eso es lo que pasó.
No recuerdo muy bien dónde pero lo hice: conseguí una bata blanca. Cuando ella venía a lo que yo llamaba mi consulta, le decía que se me habían gastado las pilas del termómetro y que tendría que tomarle la temperatura con mis labios, que eran casi tan sensibles como el mejor de los termómetros.
Ensayé delante del espejo varias veces cómo no aventurarme a sentenciar con un diagnóstico concluyente: "parece fiebre pero no estoy seguro, déjeme probar otra vez".
Y así estuve disfrazando mis besos de termómetros hasta que fue ella quien se puso la bata blanca.
Me reconoció. No sé cuáles serían mis síntomas. Quizá la mirada perdida, la curva que se dibujaba en mi boca, o la respiración profunda; no lo sé. Pero cuando ella se puso la bata no le temblaron las palabras al concluir con un diagnóstico tan claro:
"Verá, Doctor, parece que yo a usted le gusto."