lunes, 4 de abril de 2016

Martes de mascarilla

Como cada martes, llegó a su casa cargada con nuevos ingredientes para su mezcla. Había encontrado en una zapatería de segunda mano un par de botas de cuero negro que le convencieron bastante, y esa misma tarde había conseguido por fin uno de esos libros de aquella editorial inglesa que llevaba tanto tiempo buscando. Algo le hacía sospechar que quizá este martes llegaría a la mezcla final.

No se entretuvo colocando las cosas nuevas y entró directa a la cocina. Se puso la mascarilla, los guantes, y abrió el armario sacando de las cajas lo que había ido recopilando hasta hoy.
Preparó la olla y comenzó a meter en ella cada uno de los ingredientes: desde hacía unos meses estaba contenta con el desodorante y la colonia que había encontrado y no quería cambiarlos, también puso un poco del aceite de motor que consiguió hacía un par de semanas en el garaje de unos amigos; media cucharada de aquel vino sin etiqueta, la arena de playa del Cantábrico, la correa y el collar del Señor Guau, y una ramita de de olivo. 

Añadió entonces la bota izquierda del par que había comprado y el libro abierto por la mitad tras haberlo humedecido un poco. Abrió el congelador y, sacándola de la bolsa ayudada por unas pinzas, metió la funda de la almohada que guardaba desde el que fue el primer martes. 

Cerró la olla. Esperó menos tiempo del que pensaba que estaba esperando. Terminó de esperar. Se quitó la mascarilla y expulsó el poco aire que tenía y que los nervios le dejaban guardar. Entonces abrió la tapa de la olla e inhaló con los ojos cerrados.

Y así, con los ojos cerrados, lloró. Por fin lo había encontrado: había encontrado el olor de aquel hombre que una vez estuvo enamorado de ella.