viernes, 3 de mayo de 2013

Relato de un recuerdo.

Eran las seis y media de la tarde, y coincidimos en el mismo vagón del metro. No nos conocíamos y yo estaba seguro de ello, pero él me miraba como si me conociese desde hacía tiempo. Me estaba estudiando y, cuando pude darme cuenta de ello, no sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo.

Estaba sentado en frente de mí, sentado de una manera que no parecía natural por lo perfecta que era. Su espalda era un ejemplo claro de hasta dónde había llegado a erguirse la especie humana. Sus vértebras perdían protagonismo individual porque su columna vertebral era una unidad perfecta.

Estaba agarrado a una de las barandillas del vagón que hacen también de reposabrazos, la agarraba como si su vida dependiese de ello. Lo hacía con fuerza pero también con una precisión absoluta, para procurar no tener que llegar al mínimo contacto físico con ninguno de los viajeros que coincidimos a esa hora.

Alguien subió al vagón con un instrumento y comenzó a tocar una música que ponía la banda sonora perfecta para aquel instante. Nadie más que él y yo le prestábamos atención; el metro ya está acostumbrado a ignorar la música, y esto que sonaba no era desagradable.

Entonces saqué mi libro. Miró el título y le fue imposible no expresar con su mirada que ya lo había leído; trató de analizar por qué parte de la lectura iba basándose en las palabras que yo le dejaba ver.

Parecía no cuadrarle lo que yo leía con el tipo de persona que él pensaba yo era, como si no encontrase adecuado ese libro para el perfil de mí que estaba construyendo. 

Llegó mi parada y tuve que bajarme, me siguió con la mirada como a todo lo que sucedía en ese momento, no se perdía nada.

Lo miré ya desde el andén y volvió a mirar el título del libro, le seguía generando un conflicto. Aunque un conflicto interesante, porque tenía la misma cara de satisfacción insatisfecha y pasiva que mantuvo desde que me senté delante de él.
                                                                                                                                               
Escrito en la Escuela de Teatro Chamé-Gené, como ejercicio literario para contar cómo conocí a mi clown: Plusco Perfecto.