Se despidieron en el aeropuerto con un abrazo.
Entendieron que lo que tenían
era más grande de lo que pensaban
al despegarse de ese abrazo.
Despegarse. Se despegaron.
Ella, cuando vio la cuidad
pequeñita y a lo lejos,
despegó.
Él, cuando llegó a su casa,
se sintió pequeñito y lejos;
y quiso despegar.
Así que probó a poner
en posición vertical
el respaldo de su asiento,
a subir la bandeja,
y a abrocharse el cinturón;
pero el teléfono... no.
No apagó el teléfono.
Porque aquella
era la primera vez
que él sentía
miedo a volar
-sin haber despegado
y queriendo tomar tierra-.