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viernes, 21 de julio de 2017

Montaña rusa

-¿Cómo estás?
-Últimamente siento que estoy en una montaña rusa.
-¿Y eso?
-A veces tengo ganas de gritar, otras tengo vértigo… De pronto me divierto, o me da miedo; subo, bajo…
-¿Y cómo lo llevas?
-Pues… Como si estuviera en una montaña rusa. Sonrío todo el rato por si a caso me sacan la foto.
                                                                                                                                               

viernes, 7 de julio de 2017

Punto.

Me escribió:
A,
De,
I,
O,
Ese. 

Adiós.
Punto. 
"Adiós."

Y punto. 

Pensé que era
un punto y seguido. Pero no. 

Quizá un punto 
 y
   a 
     parte. 
Pero tampoco. 

O un punto…
…y final. 
No. Tampoco era eso. 

Nunca imaginé que aquel 
"Adiós."
sería un punto

de inflexión.
                                                                                                                                               

jueves, 29 de junio de 2017

Tres palabras (#escenasdelavida-3)

Un niño pequeño a otro niño un poco más pequeño que se ríe:
-¡Madre mía! Qué pesao. En tres palabras: (Contando con sus dedos.) ¡QUE, PE, SAO!

[Plaza de Arturo Barea, 21:48]
                                                                                                                                               

martes, 20 de junio de 2017

Hablando solo (#escenasdelavida-2)

Un hombre mayor con un bastón que sale del Centro de Salud hablando solo:
-Que estoy loco, me dice. ¡Que estoy loco! Loca ella. Loca estará ella, que habla sola.

[Centro de Salud Lavapiés, 13:52]
                                                                                                                                               

martes, 23 de mayo de 2017

Tarado (#escenasdelavida-1)

Voy en el autobús con un hombre apoyado en su carrito de la compra, que parece que habla por teléfono en otro idioma. Se ríe de vez en cuando. 
El autobús frena de golpe por no atropellar a un peatón. El hombre abandona su conversación para gritar a través del cristal al peatón:
-¡Tarado! ¡Tarado! (Me mira.) Aquí en este barrio todos están medio locos, amigo. (Al peatón.) ¡Tarado! (Se ríe.)

Vuelve a su conversación en otro idioma. Se gira. Lo que tiene pegado a la oreja no es un teléfono, es una cartera. El hombre se ríe y se guarda la cartera en el bolsillo.

[Autobús M1 sentido Puerta del Sol - Sevilla, 12:47]
                                                                                                                                               

domingo, 21 de agosto de 2016

El señor que sabía cómo vivir

El señor que sabía cómo vivir nació en un parto sin dolor, se golpeó a sí mismo en las nalgas y emitió un correctísimo llanto rico en armónicos para dejar claro que estaba bien y que iba a ser un señor que sabría cómo vivir. Y así fue. 

De niño jugó cuando tocaba y estudió lo que necesitaba para llegar a ser eso que la gente llamaba "alguien en la vida”. Creció disfrutando de las pequeñas cosas y mostrando la mezcla justa entre locura y responsabilidad. 

Viajó, amó, se rió mucho, se rodeó de buena gente, comió cosas ricas, cuidó su cuerpo, y encontró el punto exacto de cocción de la paella y de la tortilla de patatas. 
Plantó dos árboles, escribió dos libros y tuvo dos hijos. Sí, sabía vivir tan bien que duplicó el canon de la felicidad humana. 

Y, de pronto, a punto de alcanzar su madurez como había que hacerlo, alguien vestido con bata blanca le dijo al señor que sabía cómo vivir que se estaba muriendo.
Morir. Morir de repente. Morir sin más. Sin haber hecho nada. Eso no sabía hacerlo.

Primero se asustó, sintió miedo y se sintió pequeñito. Y luego, intentó hacer todo lo que tenía pensado antes de saber que se moría. Intentó hacerlo sin pensar en que moriría. Pero no pudo. 

No le quedó otra que hacer todas las cosas sin olvidar que no sabía cómo morir. Empezó a vivir sin saber. Y notó que algo había cambiado. Era martes. 

Cogió un papel, cogió un bolígrafo y, con una letra algo menos perfecta de lo que acostumbraba a ser la suya, escribió: "Empiezo a vivir ahora. Llevo haciéndolo mal todo este tiempo. Lo contrario de vivir es saber cómo se hace".
                                                                                                                                               

miércoles, 17 de agosto de 2016

Lengua y probabilidad. (#esdecires-3)

Había una gran posibilidad de mostrarse a favor del asturiano.

Es decir, era probable ser pro bable.
                                                                                                                                               

lunes, 4 de abril de 2016

Martes de mascarilla

Como cada martes, llegó a su casa cargada con nuevos ingredientes para su mezcla. Había encontrado en una zapatería de segunda mano un par de botas de cuero negro que le convencieron bastante, y esa misma tarde había conseguido por fin uno de esos libros de aquella editorial inglesa que llevaba tanto tiempo buscando. Algo le hacía sospechar que quizá este martes llegaría a la mezcla final.

No se entretuvo colocando las cosas nuevas y entró directa a la cocina. Se puso la mascarilla, los guantes, y abrió el armario sacando de las cajas lo que había ido recopilando hasta hoy.
Preparó la olla y comenzó a meter en ella cada uno de los ingredientes: desde hacía unos meses estaba contenta con el desodorante y la colonia que había encontrado y no quería cambiarlos, también puso un poco del aceite de motor que consiguió hacía un par de semanas en el garaje de unos amigos; media cucharada de aquel vino sin etiqueta, la arena de playa del Cantábrico, la correa y el collar del Señor Guau, y una ramita de de olivo. 

Añadió entonces la bota izquierda del par que había comprado y el libro abierto por la mitad tras haberlo humedecido un poco. Abrió el congelador y, sacándola de la bolsa ayudada por unas pinzas, metió la funda de la almohada que guardaba desde el que fue el primer martes. 

Cerró la olla. Esperó menos tiempo del que pensaba que estaba esperando. Terminó de esperar. Se quitó la mascarilla y expulsó el poco aire que tenía y que los nervios le dejaban guardar. Entonces abrió la tapa de la olla e inhaló con los ojos cerrados.

Y así, con los ojos cerrados, lloró. Por fin lo había encontrado: había encontrado el olor de aquel hombre que una vez estuvo enamorado de ella.
                                                                                                                                               

viernes, 18 de marzo de 2016

La Cama

Amanece en casa de H. Es H quien pone la banda sonora a la mañana cantando en la ducha. 
M despierta en la cama de H y se le dibuja una sonrisa al oír ese buenos días cantado por H. M pestañea a ritmo de lo que canta ella. 

H llega envuelta en una toalla y M la mira sentado en el quicio de la cama. Se miran. Se ven. Respiran. Y es entonces cuando M frunce el ceño, asiente, y concluye con un rotundo: 

-Te quiero mucho, H. 

H sonríe pero menos de lo que M pensaba que ella sonreiría. No dejan de mirarse pero puede que hayan dejado de verse por un instante. 

-¿Mucho? -dice H. 
-Mucho. Te quiero mucho, sí. 
-¿Qué es querer mucho? ¿Me quieres más de lo que quieres a otros? ¿No es suficiente con quererse?
-No sé. No sé si quiera qué significa lo que te he dicho. En las películas hay personas que dicen te quiero mucho y estoy seguro de que sea lo que sea un "te quiero", se quieren menos de lo que yo te quiero a ti. 

H se para. Todo se para. H comienza a hablar de usted. No es la primera vez que dejan de tutearse pero la reacción de M no piensa lo mismo:

-Disculpe, M. Me tiene que perdonar pero hay cosas que no soy capaz de entender. No sé si quiera si me gusta lo que me ha dicho. 
-Perdóneme usted a mí. Quizá me haya excedido. Confío en que algún día llegaré a una palabra precisa.

Respiran de nuevo pero nadie asiente. M se levanta y comienza a hacer la cama de H. H dejó de cantar hace un rato, pero es ahora cuando más notable es la ausencia de música. M sigue haciendo la cama con cuidado. H lo mira un momento, frunce el ceño, asiente y dice:

-¿Le gusta hacer la cama, M?
-¡Oh, no! Lo odio. Si hay algo que odie es hacer la cama. 
-¿Y entonces por qué me está haciendo la cama?
-Porque me gusta mucho. 
-¿Perdón?
-Usted. Le hago la cama porque me gusta mucho usted. 

H sonríe. H sonríe mucho. H sonríe y M no pensó que ella fuese a sonreír. H sigue sin cantar pero ahora ya no hace falta música.  

-Supongo que eso es lo que quería decirle- dijo M-, y no sabía cómo. Así que, H: me gusta usted. Me gustas. Mucho. Me gustas tanto que disfruto haciéndote la cama. 

M se incorpora después de hacer la cama. La cama está preciosa. Y es esa cama la que no tarda en deshacerse por la fricción de dos cuerpos que se abrazan. 
                                                                                                                                               

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Historia de un despegue.

Se despidieron en el aeropuerto con un abrazo. 
Entendieron que lo que tenían 
era más grande de lo que pensaban 
al despegarse de ese abrazo. 
Despegarse. Se despegaron. 

Ella, cuando vio la cuidad 
pequeñita y a lo lejos, 
despegó. 

Él, cuando llegó a su casa, 
se sintió pequeñito y lejos; 
y quiso despegar. 

Así que probó a poner 
en posición vertical 
el respaldo de su asiento, 
a subir la bandeja, 
y a abrocharse el cinturón; 
pero el teléfono... no. 
No apagó el teléfono. 

Porque aquella
era la primera vez
que él sentía 
miedo a volar
-sin haber despegado
y queriendo tomar tierra-.
                                                                                                                                               

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Amor de patio de colegio.

Yo siempre estaba 
jugando con mis juguetes 
cuando tú siempre estabas 
haciendo gimnasia rítmica. 

Cuando yo te lanzaba aviones de papel, 
tú perdías comba. 

Cuando yo te daba la chapa, 
tú estabas a tu bola. 

Cuando yo te la pasaba,
tú pasabas. 

Y así estuvimos siempre
cada uno con lo nuestro. 
Yo con el yoyó
y tú con el tutú. 
                                                                                                                                               

viernes, 6 de noviembre de 2015

Negligencia.

Fui un médico negligente. Eso es lo que pasó. 

No recuerdo muy bien dónde pero lo hice: conseguí una bata blanca. Cuando ella venía a lo que yo llamaba mi consulta, le decía que se me habían gastado las pilas del termómetro y que tendría que tomarle la temperatura con mis labios, que eran casi tan sensibles como el mejor de los termómetros. 

Ensayé delante del espejo varias veces cómo no aventurarme a sentenciar con un diagnóstico concluyente: "parece fiebre pero no estoy seguro, déjeme probar otra vez". 

Y así estuve disfrazando mis besos de termómetros hasta que fue ella quien se puso la bata blanca. 

Me reconoció. No sé cuáles serían mis síntomas. Quizá la mirada perdida, la curva que se dibujaba en mi boca, o la respiración profunda; no lo sé. Pero cuando ella se puso la bata no le temblaron las palabras al concluir con un diagnóstico tan claro:

"Verá, Doctor, parece que yo a usted le gusto."
                                                                                                                                               

miércoles, 28 de octubre de 2015

Blue in Green.


Fue en una especie de bar. Era todo de madera. No había humo, aunque creo que no me hubiera molestado que lo hubiese. Y, de haber habido humo, yo lo habría visto bailando al ritmo del concierto; el humo bailaría iluminado por aquellas lámparas bajas que suponían el total de la decoración de aquel sitio que olía a sillones viejos mojados. Sillones viejos mojados que olían bien. Olían a lo que huele una playa cuando está vacía y se pone a llover.

Yo estaba buscando una llave bajo mis rodillas. Y entonces miré a aquella chica. Y ella me miró mientras buscaba también una llave bajo sus rodillas. No hizo falta hablar. Solo con habernos visto entendimos que habíamos pensado lo mismo. Ni si quiera nos sonreímos. Y lo que es seguro es que no lloramos. Porque los dos sabíamos que ninguno de los dos éramos una trompeta.

Y todo esto venía porque había sucedido algo extraño: cinco minutos antes, unos acordes de piano habían hecho la cama sobre la que comenzaría a despertarse la melodía de aquella trompeta. Era extraño. Parecía que la trompeta supiese por sí misma que esa era la última canción que cantaría aquella noche. Quizá por eso a veces sonaba quebrada, y tenía silencios más elocuentes que la notas que sonaban. Parecía que la trompeta llevase varias canciones queriendo volver a su funda.

El trompetista llevaba tocando sin descanso toda la noche. Y el aire del trompetista se introducía por aquel túnel metálico. Aquel aire que se transformaba en algo que sonaba y aquel aire que, entre canción y canción, se condensaba. Ese aire formaba un grupo de gotas almacenadas casi al final de aquel tubo retorcido, en la esquina.

Entonces ocurrió: un do mayor hizo que la trompeta guardase silencio para toda la noche. El piano siguió sonando un rato más para hacerle la cama de nuevo a la melodía de metal. Cuando nadie miraba al trompetista, él condujo el dedo corazón de su mano derecha a una esquina de la trompeta. Y allí había una llave. Abrió la llave y, del interior del tubo, surgieron todas aquellas gotas de aire condensado que fue música en algún momento. Era extraño porque era bonito. Era algo que no debería haber visto, pero lo vi. Y no pude evitar pensar en que esa trompeta lloraba. Y que lloraba por las veces que la habían tocado.

Entonces algo en mi cuerpo decidió que yo tenía que tener alguna llave bajo mis rodillas. Y entonces miré a aquella chica. Y ella me miró mientras buscaba también una llave bajo sus rodillas. No hizo falta hablar. Solo con habernos visto entendimos que habíamos pensado lo mismo. Ni si quiera nos sonreímos. Y lo que es seguro es que no lloramos. Porque los dos sabíamos que ninguno de los dos éramos una trompeta.
                                                                                                                                               

domingo, 27 de septiembre de 2015

Signos de puntuación.

Me gustaría abrir comillas, empezar con mayúsculas o cerrar interrogaciones.
Pero lo único que hago cuando leo tus puntos suspensivos es quedarme en coma.
                                                                                                                                               

jueves, 24 de septiembre de 2015

Pienso que piensas demasiado.

Si tu cabeza fuera de mayonesa
se te habría cortado por darle tantas vueltas.
Porque piensas demasiado.

Y el día que seas un cerdo
pedirás doble ración de pienso.
Porque piensas demasiado.

Y si te vuelves conservador
te leerás varias veces La Razón.
Porque piensas demasiado.

Y cuando tengas un accidente
no serás capaz de perder el conocimiento.
Porque piensas demasiado.

Y cuando seas una flor
serás un pensamiento.
Porque piensas demasiado.

Por eso sigo esperando
a que dejes de mirarme y me beses.
Porque piensas demasiado.
                                                                                                                                               

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Extraño.

Es extraño que sienta presión por la impresión de mi expresión.

Es extraño que estar quieto me haga estar inquieto.

Es extraño que te extrañes de que te extrañe.

Es extraño que este avión vaya siempre a la capital de Qatar.
Porque va siempre, paradójicamente, para Doha.
                                                                                                                                               

domingo, 6 de septiembre de 2015

Cocinero japonés.

Hay veces que me gustaría ser un cocinero japonés. Un cocinero de esos que tienen cuchillos muy grandes para hacer trocitos muy pequeños con lo que se les ponga por delante. Me gustaría ser el cocinero japonés encargado de cortar las cebollas. Todos los días cortando cebollas. Muchas cebollas. Seguro que lloraría. Lloraría mucho. 

Y así, cuando alguien, o yo mismo, me preguntase que por qué lloro, siempre podría decir que lloro porque estoy cortando cebollas. Y eso me gustaría, sí. Llorar con motivo. Llorar sabiendo por qué se llora. 

Y, además, como yo sería japonés y tendría los ojos rasgaditos, las lágrimas caerían hacia fuera y me recorrerían las mejillas con cuidado, como cuando me acariciabas con las puntas de los dedos. Porque como yo ahora no soy japonés, cuando lloro las lágrimas caen hacia dentro y se juntan en la nariz. Y cuando estoy llorando y caen lágrimas de mi nariz, siempre caen sobre lo que tengo en las manos. Y, ¿sabes qué? Que siempre es una de tus fotos.
                                                                                                                                               

miércoles, 26 de agosto de 2015

Respiremos.

Respiremos. Respiremos para que expire la conspiración.
Aspiremos a respirar espirando, y no a respirar suspirando.
Transpiremos cosas que inspiren.
                                                                                                                                               

lunes, 24 de agosto de 2015

Sinonimia y policromia. (#esdecires-2)

Aquel rey africano primero se sorprendió y luego sintió vergüenza cuando escuchó cómo el oriental le criticaba.

Es decir: el negro de sangre azul se quedó blanco y luego se puso rojo cuando escuchó cómo el amarillo le ponía verde.
                                                                                                                                               

domingo, 23 de agosto de 2015

A la atención del Padre Justino:

Estimado Justino, soy Teresa Rodríguez Gasón. Soy del barrio y de la parroquia. Voy a oír su misa de doce todos los domingos pero creo que las únicas palabras que nos hemos cruzado han sido exclusivamente las propias del rito de la Eucaristía (algunos amenes, los “alabado sea Dios”, el “la paz sea contigo”…).

Escribo para pedirle, abusando de su solidaridad, un favor: necesito que me confiese a distancia. Así, por carta. He de confesarme ante El Señor antes de irme de este mundo y usted es el único que puede ayudarme a hacerlo. Supongo que es un poco complicado y algo nuevo para usted, pero lo tengo todo pensado: cuando usted lea unas líneas más abajo el “Ave María Purísima” que yo misma escriba, diga en alto “Sin pecado concebida” y continúe con la lectura. Lo que lea después será la propia confesión, que usted tendrá que leer para que Dios se entere -creo que no he de recordarle que todos esos asuntos serán secretamente guardados por usted y que no podrá contárselo a nadie; confío en su buen hacer, Justino-. Puestos los antecedentes, vamos allá.

Ave María Purísima.

Me confieso porque voy a pecar como nunca he pecado en mi vida, y por eso siento la necesidad de confesarme. Voy a cometer uno de los pecados capitales desobedeciendo al quinto mandamiento que dice “no matarás”.

Me voy a suicidar esta tarde, Padre. Sí, me mataré a mí misma (que, dentro de lo que es matar a alguien, creo que a uno mismo es menos grave). Pero si lo hago, es por amor de madre hacia mi hijo Marcos (bautizado, que hizo la comunión, y él dice que no, pero yo creo que acabará confesándose).

Sin rodeos. Creo que lo mejor que le puede pasar a mi hijo Marcos en este momento de su vida es que yo me muera, porque lo de este crío no puede ser. Con veintiocho años y todavía lo tengo en casa, le hago la comida y le sigo diciendo que se ponga una gorra cuando hace sol, que se abrigue con el frío y que se destape con el calor.

Mi niño ha probado de todo en la vida y parecía que no había nada que lo llenase. Empezó cuatro carreras diferentes y ninguna la terminó, siendo Marquitos un estudiante excelente. Y no para de dejar trabajos que no le gustan, y yo le he consentido tantos caprichos que ya no lo puedo reeducar. Ni él tiene ganas, ni yo fuerzas.

Hace dos años cuando dejó de trabajar de teleoperador porque, según decía, se le secaba la boca al hablar, también pensé en matarme por hacerle un favor, haciendo que madurara de una vez. Pero entonces lo descarté porque moriría dejando al pobre Marquitos en lo peor: haciendo la cola del paro y sin nadie que le diga que se abrigue.

Pero desde hace unas semanas está el niño emocionado. Ha visto muchos vídeos de cómicos por el ordenador y dice que ahora quiere ganarse la vida contando chascarrillos por los bares y en las fiestas de los pueblos, que quiere ser humorista, como Gila. Seguro que no es muy bueno pero no lo he visto tan emocionado nunca, así que he pensado que si me muero ahora le pillaré animado y puede tener posibilidades de hacerse un hombrecito.

Mi hijo Marcos esta tarde hará su primer ensayo con público mostrando sus treinta minutos de chistes y bromas. Y el público soy yo. Y el escenario, será el salón de mi casa. Le he dicho que sea puntual y que comience la lectura de su monólogo a las cuatro y media de la tarde. Yo me atiborraré de pastillas a las dos, después de comer. Son unas pastillas que, tomadas en exceso, hacen efecto a las tres horas y le asfixian a una, así que a las cinco en punto tengo previsto dejar de respirar.

Y no solo eso, he pensado que podré hacer que la carrera de mi Marquitos se dispare con mi muerte. Porque solo usted, Justino, usted y Dios, serán los únicos que sabrán que esto en realidad ha sido un suicidio. Quiero que el resto de la gente, y, sobre todo, mi hijo Marcos, piense que yo me he muerto de risa. Sí, fingiré un ataque de risa (he estado ensayando en el baño y creo que es bastante creíble). Estaré pendiente del reloj y, cuando vayan a dar las cinco en punto, haré que me río mucho más, coincidiendo justo con el final del monólogo de Marcos.

Y lo demás, pues ya me lo imagino: con respecto a mí, yo subo al cielo ya que he tenido una vida ejemplar y del único pecado que he cometido, me he confesado por carta. En el cielo me encuentro con mi Antonio que, con estos diez años ahí solo habrá aprendido a cocinar, y así a mí solo me queda descansar, que me lo he ganado. Y aquí en la tierra empieza a resonar en la televisión: “Marcos Bermúdez Gasón, el cómico que mató a su madre de risa”. Y aunque sea por frivolidad, llenará los teatros e irá a la televisión. Y así mi niño empieza con buen pie en esto de los escenarios.

Y aquí termina mi confesión, Justino. Que el Señor la reciba y tenga a bien acogerme en sus brazos.

Justino, sé que esta tarea que le encomiendo es un poco complicada, pero confío en su buen hacer. Es usted un hombre bueno, Justino. Y, como para cuando lea esto yo ya no estaré en este mundo, aprovecho y le digo que es usted el párroco más atractivo que hemos tenido en el barrio, y que cuando me da la comunión y me mira a los ojos, veo la belleza del mismo Espíritu Santo hecha hombre.

Gracias Justino, que Dios le bendiga.