miércoles, 12 de agosto de 2015
No hay derecho.
Él quería ser abogado y fue a la universidad de su ciudad, pero ahí no se podía estudiar esa carrera. Así que se enfadó y dijo: “¡No hay Derecho!”
jueves, 6 de agosto de 2015
Pasta. (#esdecires-1)
¿Qué tiene el bote de dentífrico que come macarrones y espaguetis de esos que han crecido en el suelo como si fueran hierba solo porque alguien esté pagando dinero por verlo?
Es decir: ¿De qué pasta está hecha la pasta que pasta pasta solo por pasta?
lunes, 30 de marzo de 2015
domingo, 8 de marzo de 2015
miércoles, 7 de mayo de 2014
La confesión de Raúl.
Una habitación de hospital. La una y media de la mañana. En la cama, la madre de Raúl, que acaba de salir de una intervención quirúrgica de urgencia tras un accidente de tráfico. Está todavía dormida por la anestesia. Raúl está sentado al lado de la cama en una silla. Raúl mira fijamente la mano de su madre durante una hora. Después empieza a acariciar su mano con cuidado. Un nuevo silencio de media hora. Raúl empieza a hablar y dice:
Mamá, tienes que aguantar. Por favor, mamá, aguanta. Aguanta porque te quiero, mamá. Te necesito, joder. Sé que es una mierda pero te quiero porque te necesito. Necesito que estés conmigo.
¿Te acuerdas cuando me acostabas de pequeño y me decías "duerme bien y sueña con cosas bonitas"? Pues nunca te lo he dicho pero yo no me dormía, mamá. Me quedaba esperando a oír el sonido de la puerta cuando llegaba papá. Todas las noches oía la puerta, oía cómo discutíais y luego oía cómo papá te pegaba. Oía cómo le decías que se tranquilizase para que yo no me despertara. Todas las noches.
Recuerdo también que llegó un momento en el que solo oía la puerta y los golpes. Sin discusiones y sin lamentos. El ruido de la puerta y de los golpes recorría toda la casa. Cuando a papá ya no le hacían falta los gritos. Con la puerta y los golpes le bastaba. Y yo no podía dormir ni soñar con cosas bonitas.
¿Y sabes por qué, mamá? Porque tenía miedo. Tenía miedo cuando todo el mundo me decía que me parecía mucho a mi padre. Que éramos dos gotas de agua. Que de tal palo tal astilla. No lo soportaba. Tenía miedo de convertirme un día en papá. Miedo de que algún día fuese yo el que abriese la puerta de alguna casa y fuese yo el que diese los golpes. Y ese miedo que no me dejaba dormir sigue rondando mi cabeza. Y sigue haciendo que no sueñe con cosas bonitas. Y ese miedo me hace estar jodidamente solo.
Estoy solo, mamá. Cuando me dices que por qué no te hablo de chicas es porque no tengo nada de qué hablar. Cuando llego a casa y me dices que con quién habré estado toda la tarde me da vergüenza decirte que he estado solo. ¿Te acuerdas de Patricia, la chica por la que me preguntabas? Pues de Patricia solo me sé el nombre, porque nunca me he atrevido a hablar más con ella. Porque cada vez que estoy con una chica me la imagino pidiéndome que no haga ruido con los golpes para que no despierte a su hijo. Y me imagino a mí mismo abriendo la puerta de su casa y golpeándola sin cruzar ni una palabra.
Y por eso te necesito, mamá. Por eso necesito que aguantes. Porque me doy miedo a mí mismo y no quiero hacer daño a nadie. Porque tú eres la única mujer que hay en mi vida y no me quiero quedar más solo, mamá. Por eso te quiero. Y te necesito.
Mamá, tienes que aguantar. Por favor, mamá, aguanta. Aguanta porque te quiero, mamá. Te necesito, joder. Sé que es una mierda pero te quiero porque te necesito. Necesito que estés conmigo.
¿Te acuerdas cuando me acostabas de pequeño y me decías "duerme bien y sueña con cosas bonitas"? Pues nunca te lo he dicho pero yo no me dormía, mamá. Me quedaba esperando a oír el sonido de la puerta cuando llegaba papá. Todas las noches oía la puerta, oía cómo discutíais y luego oía cómo papá te pegaba. Oía cómo le decías que se tranquilizase para que yo no me despertara. Todas las noches.
Recuerdo también que llegó un momento en el que solo oía la puerta y los golpes. Sin discusiones y sin lamentos. El ruido de la puerta y de los golpes recorría toda la casa. Cuando a papá ya no le hacían falta los gritos. Con la puerta y los golpes le bastaba. Y yo no podía dormir ni soñar con cosas bonitas.
¿Y sabes por qué, mamá? Porque tenía miedo. Tenía miedo cuando todo el mundo me decía que me parecía mucho a mi padre. Que éramos dos gotas de agua. Que de tal palo tal astilla. No lo soportaba. Tenía miedo de convertirme un día en papá. Miedo de que algún día fuese yo el que abriese la puerta de alguna casa y fuese yo el que diese los golpes. Y ese miedo que no me dejaba dormir sigue rondando mi cabeza. Y sigue haciendo que no sueñe con cosas bonitas. Y ese miedo me hace estar jodidamente solo.
Estoy solo, mamá. Cuando me dices que por qué no te hablo de chicas es porque no tengo nada de qué hablar. Cuando llego a casa y me dices que con quién habré estado toda la tarde me da vergüenza decirte que he estado solo. ¿Te acuerdas de Patricia, la chica por la que me preguntabas? Pues de Patricia solo me sé el nombre, porque nunca me he atrevido a hablar más con ella. Porque cada vez que estoy con una chica me la imagino pidiéndome que no haga ruido con los golpes para que no despierte a su hijo. Y me imagino a mí mismo abriendo la puerta de su casa y golpeándola sin cruzar ni una palabra.
Y por eso te necesito, mamá. Por eso necesito que aguantes. Porque me doy miedo a mí mismo y no quiero hacer daño a nadie. Porque tú eres la única mujer que hay en mi vida y no me quiero quedar más solo, mamá. Por eso te quiero. Y te necesito.
Escrito en la Escuela de Teatro de Mar Navarro y Andrés Hernández.
jueves, 24 de abril de 2014
miércoles, 8 de enero de 2014
jueves, 26 de diciembre de 2013
viernes, 20 de diciembre de 2013
lunes, 2 de diciembre de 2013
sábado, 30 de noviembre de 2013
lunes, 25 de noviembre de 2013
lunes, 4 de noviembre de 2013
jueves, 19 de septiembre de 2013
domingo, 7 de julio de 2013
viernes, 3 de mayo de 2013
Relato de un recuerdo.
Eran las seis y media de la tarde, y coincidimos en el mismo vagón del metro. No nos conocíamos y yo estaba seguro de ello, pero él me miraba como si me conociese desde hacía tiempo. Me estaba estudiando y, cuando pude darme cuenta de ello, no sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo.
Estaba sentado en frente de mí, sentado de una manera que no parecía natural por lo perfecta que era. Su espalda era un ejemplo claro de hasta dónde había llegado a erguirse la especie humana. Sus vértebras perdían protagonismo individual porque su columna vertebral era una unidad perfecta.
Estaba agarrado a una de las barandillas del vagón que hacen también de reposabrazos, la agarraba como si su vida dependiese de ello. Lo hacía con fuerza pero también con una precisión absoluta, para procurar no tener que llegar al mínimo contacto físico con ninguno de los viajeros que coincidimos a esa hora.
Alguien subió al vagón con un instrumento y comenzó a tocar una música que ponía la banda sonora perfecta para aquel instante. Nadie más que él y yo le prestábamos atención; el metro ya está acostumbrado a ignorar la música, y esto que sonaba no era desagradable.
Entonces saqué mi libro. Miró el título y le fue imposible no expresar con su mirada que ya lo había leído; trató de analizar por qué parte de la lectura iba basándose en las palabras que yo le dejaba ver.
Parecía no cuadrarle lo que yo leía con el tipo de persona que él pensaba yo era, como si no encontrase adecuado ese libro para el perfil de mí que estaba construyendo.
Llegó mi parada y tuve que bajarme, me siguió con la mirada como a todo lo que sucedía en ese momento, no se perdía nada.
Lo miré ya desde el andén y volvió a mirar el título del libro, le seguía generando un conflicto. Aunque un conflicto interesante, porque tenía la misma cara de satisfacción insatisfecha y pasiva que mantuvo desde que me senté delante de él.
Escrito en la Escuela de Teatro Chamé-Gené, como ejercicio literario para contar cómo conocí a mi clown: Plusco Perfecto.
Estaba sentado en frente de mí, sentado de una manera que no parecía natural por lo perfecta que era. Su espalda era un ejemplo claro de hasta dónde había llegado a erguirse la especie humana. Sus vértebras perdían protagonismo individual porque su columna vertebral era una unidad perfecta.
Estaba agarrado a una de las barandillas del vagón que hacen también de reposabrazos, la agarraba como si su vida dependiese de ello. Lo hacía con fuerza pero también con una precisión absoluta, para procurar no tener que llegar al mínimo contacto físico con ninguno de los viajeros que coincidimos a esa hora.
Alguien subió al vagón con un instrumento y comenzó a tocar una música que ponía la banda sonora perfecta para aquel instante. Nadie más que él y yo le prestábamos atención; el metro ya está acostumbrado a ignorar la música, y esto que sonaba no era desagradable.
Entonces saqué mi libro. Miró el título y le fue imposible no expresar con su mirada que ya lo había leído; trató de analizar por qué parte de la lectura iba basándose en las palabras que yo le dejaba ver.
Parecía no cuadrarle lo que yo leía con el tipo de persona que él pensaba yo era, como si no encontrase adecuado ese libro para el perfil de mí que estaba construyendo.
Llegó mi parada y tuve que bajarme, me siguió con la mirada como a todo lo que sucedía en ese momento, no se perdía nada.
Lo miré ya desde el andén y volvió a mirar el título del libro, le seguía generando un conflicto. Aunque un conflicto interesante, porque tenía la misma cara de satisfacción insatisfecha y pasiva que mantuvo desde que me senté delante de él.
Escrito en la Escuela de Teatro Chamé-Gené, como ejercicio literario para contar cómo conocí a mi clown: Plusco Perfecto.
martes, 19 de marzo de 2013
Poesía escrita por alguien con poca memoria en un papel muy estrecho.
Me gusta Miguel de Unam-
uno que llega pronto, se sor-
prende la cerilla para que-
mar salada, llena de tibu-
rones con Cocacola para to-
dos días al año siempre ni-
eva y Adán, desde el ori-
gen recesivo y gen domin-
ante dicha oferta, no pen-
só, caballo", dijo la ama-
zona nudista de la pla-
ya se lo había dicho to-
do, do, re, do… así em-
pieza de lego muy gran-
de Unamuno.
miércoles, 13 de marzo de 2013
viernes, 15 de febrero de 2013
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